“Me intentaron secuestrar”

Diario Ejecutivo

“Me intentaron secuestrar”   

Roberto Fuentes Vivar

 

Este miércoles intentaron asaltarme, secuestrarme… o algo más. Un malandro venezolano.

Gracias a los dioses que me protegen (Cristo Jehová, Alá, Buda, Krishna y las deidades aztecas y mayas) el asunto no pasó a mayores.

Pero escribo mi experiencia para dar a conocer el modus operandi de una banda que, según me enteré después del susto, roba coches, secuestra y probablemente hasta tenga en su haber algunos asesinatos. La idea de narrarla es que por lo menos quien lea mi columna no caiga en los errores e imprudencias que cometí personalmente.

Resulta que circulaba en mi auto, a medio día, por la avenida Revolución, con mi esposa al lado. Unas cuadras antes del mercado de Mixcoac me metí a la lateral para dar vuelta en Molinos.

De repente, un tipo me hizo la señal de que mi llanta delantera estaba mal. Unos metros después, otro individuo gesticuló y manoteó los mismos ademanes para indicar que fallaba a mi coche. Solté el volante y no sentí que el auto se jaloneara ni que la dirección virara a la derecha. En síntesis no les hice caso.

Unos metros más adelante se multiplicaron los sujetos que me hacían señales supuestamente alertándome de algo peligroso en los neumáticos del auto. Algunos incluso movían sus manos como invitándome a que me metiera en alguna de las pequeñas calles que desembocan a la avenida Revolución.

Para ese entonces, quizá por la cantidad de personas que podían ver lo que yo no, ya me había preocupado de tal manera que estaba seguro de que algo sucedía. Por eso detuve el auto, en plena avenida Revolución.

Abría la cajuela con intención de sacar todo el equipo para cambiar llantas y cuál no fue mi sorpresa cuando descubrí que la llave para desatornillar las tuercas de las llantas había desparecido. En eso se acercó un sudamericano (estoy seguro de que era venezolano) y me dijo que no eran los birlos, sino la flecha o algo más grave.

Metió su mano adentro de la llanta y me mostró una pieza metálica envuelta en hule. “Mire -me dijo con su acento venezolano (¿o sería colombiano?-, son los bucles”. Me explicó que era mecánico y que me podía ayudar.

Casi sin darme cuenta el sujeto ya se había subido al coche y comenzó a darme indicaciones para que me moviera de avenida Revolución hacia una de las callejuelas.

-Dese vuelta aquí a la derecha-

No le hice caso, seguí sobre Revolución y volví a parar el auto. Le dije a mi esposa que se bajara y tomara un taxi para no llegar tarde a su cita con el dentista. Así lo hizo. Y el tipo siguió incitándome a virar hacia las callecitas.

En ese momento y ya sin mi esposa en el coche, mis pensamientos en el silencio tenían un fuerte debate. Por un lado sí me imaginé que podía tratarse de un asalto, pero por el otro seguía preocupado porque quizá mi coche estaba tan mal que en cualquier momento podría tronar y quedar sin dirección ahí en avenida Revolución.

Al notar que su acento no era mexicano ni centroamericano, le pregunté de dónde era y dijo que de Veracruz. Mis sospechas crecieron por dos razones. Una el tono de su piel, bastante clara para un costeño. Otra porque es raro que ante mexicanos alguien de la costa veracruzana no diga que es jarocho.

Con todo y la preocupación de que podía tratarse de un asalto, pensé que, efectivamente el tipo podía ser un venezolano honrado que tenía que mentir sobre su nacionalidad por no estará legalmente en México y había salido de su país por la situación económica. Le di el beneficio de la duda y creí que arreglándome el coche podía llevarse algo de dinero para sobrevivir en otra nación que no es la suya.

Incluso reflexioné que lo peor que me podía pasar es que se quedara con mi coche, en caso de tratarse de un asalto. Ya había yo visto desde el principio que debajo de su camiseta (un jersey de futbol parecido al de los Monarcas) no se vislumbraba un bulto que pareciera un arma.

De la que se salvó, amigo

Por eso accedí, a medias, a seguirle la corriente. Me dijo que me diera vuelta en la siguiente esquina. No lo hice y le comenté que una vuelta tan cerrada podía afectar a la llanta que estaba punto de caerse. Me di vuelta en la siguiente calle.

Me llevó por varias callecitas (todo un laberinto o un dédalo inescrutable) y me pedía que bajara la velocidad. No lo hice y seguí con mucho cuidado porque para ese momento estaba yo casi seguro de que algo le pasaba a la dirección.

En el trayecto (no fueron más de dos minutos) me preguntó por las características del vehículo, las cuales desde luego deprecié pensando que si lo subvaluaba sería menos interesante para robarlo. Cuando me preguntó mi profesión le dije la verdad: periodista.

-¿Jubilado o en activo?- me preguntó.

-En activo- le dije, mostrándole un supuesto mensaje en mi celular en el cual ya me estaban buscando del periódico y acaba yo de responder.

En ese trayecto, cada media cuadra había sujetos que me hacían señales de la llanta.

Finalmente vi una calle un poco más grande y transitada. Decidí dar vuelta sobre ella. Al fondo estaba un pequeño jardín y por ahí pasaba en ese momento una patrulla.

Me sentí más tranquilo pues pensé que en esa calle era difícil asaltar a alguien. Pasaron más patrullas.

-Estaciónese aquí- me dijo mostrándome la entrada al estacionamiento de una casa particular. Así lo hice y, aunque estaba yo ya casi seguro de que no se trataba de un asalto, decidí bajarme del coche antes que el venezolano… y con las llaves en la mano.

Se bajó del auto y me dijo que iba por sus herramientas. No lo dudé y hasta aproveché que salía alguien de la casa donde estaba estacionado el auto, para disculparme por obstruir su entrada. “No se preocupe, me dijo. Orita no entra ni sale nadie”.

Esperé un rato y no regresaba. Hable con mi esposa y estaba bien, ya con el dentista, por lo que me tranquilicé aún más.

Cono no regresaba, finalmente decidí asegurarme y les pedí a dos personas que pasaban por allí que vieran si realmente mi llanta mi estaba punto de caerse. Lo moví para adelante, en reversa y nada. No se alcanzaba a ver ningún desperfecto. Para mi tranquilidad personal pregunté si había algún taller mecánico por ahí.

-Aquí a la vuelta, a una cuadra-, me dijeron señalándome que tenía que girar a la derecha en la siguiente esquina.

Les agradecí y me dirigí al taller.

Dos mecánicos revisaron el auto y no le encontraron falla alguna. Hasta que uno de ellos me preguntó, casi en tono de burla: ¿le dijeron que su llanta estaba mal? Respondí afirmativamente y me explicó que ese era el modus operandi de una banda de la zona. “Hoy es el tercero. Hace rato a uno le bajaron el coche y a otros les robaron no sé qué tantas cosas. Por eso hay tanta patrulla”.

Más detalladamente me narró que le hacen las señalas y cuando el auto se para se suben dos tres al coche y les quitan el auto, que a otros los secuestran, con todo y coche, y piden rescate a sus familiares. A unos más los llevan a punta de pistola a los bancos para sacar todo su dinero. “El otro día plomearon a uno que se puso bravo”, me informó casi con sorna.

Después de pagarle por la revisión del auto, el mecánico se volteó y me dijo: “De la que se salvó, mi amigo”

Sí, mi amigo, de la que me salvé.

Puntos clave ante el peligro

Ya en casa, platicando con mi esposa y con la frase del mecánico en la mente, dí gracias a los dioses y me repetí “de la que me salvé”.

¿Por qué no me robaron?

Repetimos mi esposa y yo los detalles y hay varios que pudieron haberme salvado.

El primero, desde luego es que no hice caso desde el principio en dar vuelta en las calles que me indicaban.

El segundo, que de manera inesperada mi esposa se bajó del coche, lo que pudo haberlos desconcertado.

En tercero, que nuevamente no seguí la ruta que me indicaba el malandro venezolano.

El cuarto, que le dije que era periodista y que ya me estaba buscando del periódico.

El quinto, que a propósito, oralmente, devalué mi coche, haciéndolo ver más viejo de lo que es.

El sexto, que no baje la velocidad cuando me lo pidió, lo que seguramente impidió que llegaran más miembros de la banda.

El séptimo, que viré en una calle más grande que parecía más segura.

El octavo, que pasó una patrulla y luego varias más.

Cuando me puse a investigar descubrí que la camisera del sudamericano se parece mucho a la del club Aragua de Venezuela e indague en qué calles estuve. Resulta que algunas ni siquiera aparecen en los mapas.

Escribo todo esto para alertar a quien lo lea sobre ese modus operandi. En síntesis, si le dicen varias personas que su llanta esté mal, no les haga caso, ni se detenga hasta llegar a un lugar seguro para verificar.

Quién sabe cuál de los ocho detalles que mencioné antes fue el que me ayudó. Quizá todos o quizá ninguno, pero como me dijo el mecánico: de la que me salvé.

 

 

 

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