Otra vez la UPOEG

LECTURA POLÍTICA

Otra vez la UPOEG

Noé Mondragón Norato

 

Dos descargas cerradas antecedieron la carnicería. A ellas se sumaron de inmediato y en coro, otras diez o doce. De lo tupido del bosque y ocultos tras el crecido follaje, los cañones de los AR-15 y los AK-47 escupieron su mensaje de muerte. Tabletearon sin parar por cerca de diez minutos. De gélidos, los cilindros de las armas pasaron en segundos, al color ígneo del fuego. Los disparos —desordenados unos y en sincronía otros—, retumbaron hasta llegar a formar una hilera de sonidos huecos y plúmbeos que anidaron en las cañadas cercanas. Desgarraron macabramente el silencio húmedo y frío de la sierra petatleca. Alteraron la calma matinal y paisajista formada por ocotes y encinos. Luego, se perdieron sórdidamente en el aire dejando un aroma no solo a pólvora, sino más bien denso, oscuro. A muerte. Entraban las nueve de la mañana del lunes 24 de junio, el día que la Iglesia Católica celebra a San Juan Bautista.

En la batea de la camioneta Chevrolet roja habilitada como transporte oficial de la Unión de Pueblos y Organizaciones del Estado de Guerrero (UPOEG), todo se convirtió en caos en milésimas de segundo. Al desconcierto propio de lo inesperado, se sumó el horror: aparecieron tendidos los cuerpos de dos pasajeros que portaban armas largas. Investidos con pantalón de mezclilla, playeras y gorras verdes que identifican a esa organización armada. La sangre se desparramó por todo el piso de acero, confundiéndose con el color del mismo. En la cabina, el conductor también corrió la misma suerte. Fue alcanzado por cuatro balas que entraron por el lado izquierdo del medallón trasero. Una, acertó en la nuca. Herido de muerte, alcanzó a detener la marcha en el punto inmediato al desvanecimiento fatal, sin retorno. Tres tripulantes más intentaron ponerse a salvo de la lluvia de plomo, saltando por los costados del vehículo y empuñando sus fusiles que al final, no lograron utilizar. La sorpresa, el espanto y la adrenalina derramada al calor del mortal momento, se los impidieron. Inevitablemente, fueron alcanzados por la multiplicación estentórea de los candentes proyectiles. Sus cuerpos exánimes quedaron tendidos cerca de las llantas traseras. Así los encontraron.

La camioneta saturada de polvo y lodo en sus neumáticos, visiblemente descuidada, raída por el uso rudo de suelos agrestes y olvidados, quedó estacionada fuera de la estrecha carretera de terracería. Entre el rojo suelo adornado por pequeñas, muy esporádicas piedras y los verdes matorrales. Nutridos de ese cetrino color por las lluvias recientes. En el interior de la cabina había otro elemento de la UPOEG herido. Se revolvía entre los asientos, carcomido por el punzante dolor. Al menos cuarenta impactos de diversos calibres se distribuyeron en el piso, el medallón y en los costados del vehículo. Un sillón de herrería de tres pies y tejido en su interior con gruesos hilos de plástico verde, apareció colgando por el costado izquierdo de la batea, atenazado por una reata amarrada a un agujero ubicado en la parte delantera.

Cuando las autoridades ministeriales y la Policía Estatal, acompañados por varios integrantes de esa policía comunitaria arribaron hasta el lugar de los hechos, encontraron la devastación y el silencio. Un cuadro dantesco. Observaron con efímera angustia todo el escenario. Algunos movían a los lados la cabeza, como reprobando subjetivamente esa mortandad. Los menos, contraían el rostro. Parecían aturdidos y nerviosos. Se atribuyó a lo elocuente: los cuerpos rotos por los disparos, la sangre seca en la batea y mezclada en el exterior con el polvoso suelo, los agujeros hechos por las balas en la camioneta. Imaginaron los últimos momentos de terror de las víctimas.

Fue ese el trágico final de seis integrantes de la UPOEG que apenas dos horas antes, habían salido de la comunidad de El Camarón, cercana a El Mameyal, en la parte serrana de la sierra de Petatlán. Su misión era acudir al relevo de la guardia que desde diciembre de 2018 mantienen en otra comunidad: Santa Rosa de Lima, municipio de Tecpan de Galeana. Nunca llegaron. Otra vez la violencia. Otra vez la impunidad. Otra vez la muerte. Otra vez la UPOEG.

HOJEADAS DE PÁGINAS…En el Morena, todos parecen coincidir en un solo punto: el responsable en la demora premeditada para la entrega del fertilizante en Guerrero, es el delegado federal, Pablo Amílcar Sandoval Ballesteros. Destaca la senadora Nestora Salgado. Hastael polémico secretario general de ese partido en la entidad y ex rector de la UAGro, Marcial Rodríguez Saldaña. Solo el senador Félix Salgado Macedonio, guarda hasta el momento, un sepulcral y elocuentesilencio. Se trata de pegarle al negro. Qué tal.

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