La historia oculta de Los Dumbo en Xaltianguis

“Nadie lo busca”, lamenta./ Y es que en apariencia los llamados Dumbos tienen protección.

Julio Zenón Flores Salgado

15/12/2019

Acapulco, Gro.


-Me tuve que salir de Xaltianguis a las 2 de la mañana, con toda mi familia. Sólo nos llevamos lo que traíamos puesto y los papeles más importantes, como la escritura de la casa. Llegamos a Acapulco amaneciendo-, relata la mujer de piel requemada por el sol.

Hasta ahora que lo platica cae en la cuenta que son 50 kilómetros los que separan a Acapulco de esa población, otrora apacible, que se convirtió en un infierno, a partir de mayo del 2019, con la irrupción violenta de un grupo armado liderado por Daniel Adame Pompa, mejor conocido como el Dumbo.

-Atravesamos el cerro –dice y señala la falda de una cordillera que al irse elevando se convierte en la sierra madre del sur– y salimos a la carretera federal, rumbo a Acapulco; ahí encontramos a un taxista que se llevó al menos a los niños chiquitos, con un adulto, los demás seguimos caminando.

“Y es que la gente del Dumbo vino por mí a mi casa; se metieron con sus armas largas y revisaron cuarto por cuarto. A mi hijo de secundaria le pusieron el cañón en el pecho y se lo llevaron; luego me llevaron a mí. Al niño lo querían porque sabe de mecánica y lo ocupaban para arreglar sus carros. A mí me llevaron porque querían a mi marido. Él se salvó porque andaba trabajando en el campo, y se fueron antes de que regresara”.

La mujer no deja de mover las manos desgranando productos del campo, mientras relata su odisea vivida el pasado 12 de septiembre de este año.

Su casa fue una de las que quedaron abandonadas durante meses, hasta que llegó el operativo de los tres niveles de gobierno, con órdenes de aprehensión contra el Dumbo y sus secuaces y los hicieron huir, a refugiarse a algún lugar de la sierra.

Entonces algunos desplazados pudieron regresar; otros no lo han hecho aún, y sus casas siguen solitarias con los candados colocados a la entrada, en tibios intentos de preservarlas del grupo delincuencial.

Mientras estuvo retenida, dice que en la comandancia del SSX vio a otras mujeres y hombres retenidos, y que a sus familiares que preguntaban por ella les decían que no la tenían.

-A veces llevaban personas detenidas, pero no las podíamos ver. Nos ponían con los brazos en alto y mirando hacia la pared. Si se voltean, las mato, nos decían. Sólo oíamos que les decían que pagaran una cuota o que dieran a sus hijos para que se integraran con ellos y fueran entrenados en el uso de las armas.

“A algunos les golpeaban con tablas; escuchábamos los golpes y los lamentos”.

A la charla se une otra mujer, más joven. Pronto nos damos cuenta de que se trata de la hija.

-A los hombres los ponían a pedir dinero en la carretera, pero para que no se fueran a escapar les ponían grilletes con cadenas en los tobillos y alrededor de donde estaban ponían algunas tablas a ras de piso, para que el automovilista no se percatara de que estaban encadenados.

¿Dónde está mi hermano?

Ella es otra mujer; tiene unos 30 años. Se acerca sigilosa al reportero atraída por el chaleco caqui. “¿Ustedes son periodistas?”, pregunta. Ella sabe que sí, pues nos oyó preguntar en la calle por los desplazados, pero espera que le confirmemos.

-Yo no encuentro a mi hermano desde el 9 de septiembre –explica, y sus ojos se tornan llorosos.

“Él apenas tenía 24 años y había trabajado en el Ejército”, baja la voz.

“Ya les enseñé a los de la Ministerial al muchacho que estaba con él cuando desapareció, pero ni siquiera le han preguntado algo, y anda por el pueblo como si nada.

“No sabemos por qué no hacen recorridos; los únicos que los hacen son los de la Estatal, pero los demás se la pasan dormidos en las camionetas, aquí en la carretera principal. Hasta los de la Marina sólo se ven durmiendo en su camión, y no hacen nada.

“Apenas la semana pasada unos hombres fueron siguiendo a uno de los mototaxistas; él creyó que se salvaría y corrió hacia donde estaban los soldados, pero hasta allá llegaron los persecutores; lo golpearon, lo maniaron (maniataron) y se lo llevaron. Los soldados no hicieron nada. Dicen que porque no pueden actuar hasta que reciban una orden de su jefe.

“Fuimos al balneario el día que encontraron una fosa con varios cadáveres, pero ninguno era mi hermano”, agrega, retomando el tema de su hermano desaparecido.

“Nadie lo busca”, lamenta.

Y es que en apariencia los llamados Dumbos tienen protección.

Según los relatos recabados en la comunidad, cuando ellos tenían el control militar de Xaltianguis, a veces se corrían rumores de que les caerían los contrarios armados, y de inmediato llegaban varias patrullas de policía a cuidarlos.

La tarde ya cae en el poblado; el grupo de reporteros tiene que irse; no ha sido necesario usar el botón de pánico que se les proporcionó para casos de emergencia, ni que acudieran los grupos de resguardo, discretos siempre cerca de donde se desplazaron.

Nada impidió que motociclistas los rondaran mientras hacían imágenes de las casas abandonadas por los desplazados, ni que trataran de intimidarlos en el mercado, a donde fueron a recabar testimonios.

Acapulco está a casi una hora, y ahora oscurece temprano, hay que apurarse para almorzar allá, pues ya no es seguro hacerlo en el poblado. “Llevamos ya mucho tiempo aquí”, dice uno de los reporteros con más experiencia en coberturas de este tipo.

Lo que sí es un hecho es que se reanudaron las misas, la actividad en el mercado es normal, la gente llega a comprar pescado fresco y chucherías, fruta y lácteos y hasta adornos navideños, una familia de unos 12 miembros come en el patio, junto a la carretera federal, y se oyen risas de festejos, aunque enfrente las casas solitarias, abandonadas, de las decenas de desplazados que aún tienen miedo de volver, den testimonio de que Xaltianguis no se cura aún de la tragedia.

www.desdeabajo.com.mx

 

Síguenos también en Twitter:@acadesdeabajo y en Facebook: Desdeabajo Aca

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *