Violencia y juventud

Caminos del sur

Violencia y juventud

Manuel Nava

 

Los jóvenes están pagando las consecuencias de la impunidad y el vacío de autoridad y de no atender con políticas y oportunidades a los jóvenes, se corre el riesgo de una descomposición social mayor que se exprese en la suma de ese sector a la delincuencia organizada y al uso desmedido de la violencia.

Lo ocurrido en Torreón, Coahuila, donde un menor de 11 años mató a su maestra y lesionó a un maestro y a cinco de sus compañeros, debe analizarse en el contexto en que sucede.

No solo es la influencia de un video juego sino la circunstancia social. El incremento de la violencia en el país y la oleada de homicidios que se vive desde hace más de una década, ha cobrado cada año, en promedio, la vida de cinco mil jóvenes. Lo preocupante es que estos homicidios son una pérdida por partida doble, ya que, en promedio, es altamente probable que el victimario tenga las mismas características que su víctima

Tomando en cuenta los últimos datos presentados por Inegi, los homicidios de jóvenes de 20 a 24 años tienen una tendencia a la alza que se disparó desde 2016, año en el que Colima se puso a la cabeza.

Por otro lado, los asesinatos de mexicanos entre 15 y 19 presentaron un incremento en 2017, pero hasta los datos preliminares que recién se liberaron para 2018 se han quedado estancados en la misma tasa de homicidios.

Lo que no ha cambiado es que Chihuahua continúa como el estado con las tasas más altas en este rango de edad. En dos de cada diez asesinatos que se cometen en el país la víctima es un joven de entre 15 y 24 años.

De 2007 a 2018 fueron asesinados 59 mil 779 jóvenes en este rango de edad, según los datos de Inegi. Esta tasa de homicidios se triplicó en tan solo cuatro años, de 2007 a 2011, año en el que llegó a los 29 asesinatos por cada 100 mil jóvenes.

En ese entonces, la cifra parecía escandalosa, pero los nuevos indicadores dan muestra de una violencia que está superando cualquier récord existente. La violencia homicida contra esta población sigue la misma dinámica que el resto de los asesinatos en el país.

Después de tener cifras históricas en 2011 y mantenerse en 2012, los siguientes tres años los homicidios fueron a la baja, pero en 2016 la espiral de violencia recrudeció nuevamente.

El rango de 20 a 24 años es uno de los más lastimados. Tan solo en 2018 fue uno de los tres grupos de edad que concentraron el 40 por ciento del total de asesinatos. El 2011 marcó uno de los peores años para México en cuestión de inseguridad: 26 mil 163 mexicanos fueron asesinados en alguna parte del país.

De estos, 6 mil 149 eran jóvenes entre 15 y 24 años. Chihuahua, Sinaloa, Guerrero, Nayarit y Nuevo León fueron los sitios más peligrosos para esta población.

En ese año, en promedio, todos los días asesinaron a tres chihuahuenses en ese rango de edad. En el panorama actual, estos territorios cambiaron. Colima, Quintana Roo y Guanajuato se volvieron focos rojos.

En 2018, sitios como Colima reportaron una tasa de 90 homicidios por cada 100 mil jóvenes entre 15 y 24 años.

Este indicador lo puso por encima de estados como Chihuahua o Guerrero, lugares con seis veces más jóvenes.

A diario en los medios impresos y digitales salen a la luz noticias acerca de jóvenes menores de edad que se dedican a delinquir, o bien, que forman parte de las células narcomenudistas.

No es nada extraño que “El ojos” -líder del cartel de Tláhuac- reclutará a jóvenes entre 15 y 22 años para la distribución de marihuana, grapas y tachas[4], ni mucho menos que uno de los principales antecedentes delictivos en los reclusos sea la posesión ilegal de drogas.

Hay 36 millones de jóvenes de 12 a 29 años que requieren de acciones precisas y políticas públicas, a los que se suman 30 millones de mexicanos de entre cero y 12 años, potenciales jóvenes que también requieren de políticas para su desarrollo. uando menos existen 900 mil jóvenes económicamente activos que no tienen empleo, pero aún con empleo se mantienen vulnerables al crimen.

Además, el alto consumo de drogas blandas como solventes y mariguana, y duras como la cocaína, el crystal y la heroína en la capital y las zonas urbanas de la entidad, está provocando que bandas criminales recluten a jóvenes sin expectativas que deambulan en una sociedad que los margina y buscan sobrevivir en una actividad donde prácticamente son desechables.

Si se busca que esta tendencia homicida pueda bajar, el gobierno federal necesita crear estrategias que sean como flechas y que apunten directamente a un objetivo y no a toda una población. La violencia es comida basura espiritual y un síntoma de anemia de la convicción, diría la abuela.

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