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El pueblo pone y el pueblo quita.

EN OPINIÓN

El pueblo pone y el pueblo quita.

Lic. Moisés Torres Salmerón.

Resulta sorprendente —y a la vez indignante— observar cómo integrantes del Movimiento de Regeneración Nacional, políticos y gobernantes, se desgarran las vestiduras en defensa del “gobierno democrático” de Nicolás Maduro. En su afán de sostener narrativas convenientes, parecen olvidar —o pretenden hacerlo deliberadamente— que en el pasado proceso electoral los venezolanos eligieron de manera contundente a Edmundo González Urrutia, como presidente de su país.

Los resultados electorales publicados por la oposición, con base en las actas digitalizadas de más del 85% de las mesas de votación, arrojaron cifras incuestionables: Edmundo González obtuvo 7, 443,584 votos (67%), mientras que Nicolás Maduro apenas alcanzó 3, 385,155 (30%). Otros candidatos sumaron apenas un 2%. La diferencia de más de cuatro millones de votos entre ambos supera incluso el total de electores en las mesas que quedaron pendientes de transmisión, lo que confirma la contundencia de la victoria.

La Organización de Estados Americanos (OEA) ratificó que Maduro ocultó estos resultados y cometió fraude electoral, al negarse a publicar las actas y mantener un aparato de represión para perpetuarse en el poder. El propio régimen se comprometió a exhibir las actas que supuestamente lo reconocían como ganador, pero nunca lo hizo. Ese silencio es prueba de ilegitimidad.

Defender a Maduro hoy es defender lo indefendible: un presidente ilegal e ilegítimo. Quienes se autoproclaman demócratas deberían ser congruentes con sus principios. No basta con rechazar la intervención de Estados Unidos; la verdadera coherencia democrática exigiría levantar la voz ante la comunidad internacional para reclamar el restablecimiento del orden constitucional en Venezuela. Y más aún: apoyar la asunción del gobierno legítimo de González Urrutia y exigir que la ley sancione a quienes violentaron la voluntad popular al perpetuar a Maduro en el poder.

La democracia no se mide por discursos ni por proclamas, sino por hechos. Y el hecho es claro: el pueblo venezolano ya habló en las urnas. El pueblo puso a Edmundo Gonzáles Urrutia y el pueblo quitó a Nicolás Maduro. Pretender desconocer esa realidad es darle la espalda a millones de ciudadanos que, por medios pacíficos, decidieron desterrar a Maduro del poder.

Quienes hoy defienden al mandatario venezolano no defienden la democracia, defienden un régimen que se aferra al poder contra la voluntad de su pueblo. La congruencia política debería obligarlos a pedir lo que pregonan: respeto a la soberanía, sí, pero también respeto a la decisión popular. Porque sin respeto a las urnas, cualquier discurso democrático se convierte en mera simulación.

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