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Reforma electoral o la política que no escucha.

EN OPINIÓN

Reforma electoral o la política que no escucha.

Lic. Moisés Torres Salmerón.

 

 

 

En política, la capacidad de escuchar suele ser tan importante como la de gobernar. Sin embargo, el debate reciente en torno a la reforma electoral ha dejado una lección inquietante: cuando una mayoría decide no escuchar, incluso a sus propios aliados, el diálogo democrático se debilita y la posibilidad de construir acuerdos se desvanece.

La discusión de esta iniciativa evidenció una cerrazón preocupante por parte de Morena y del Ejecutivo encabezado por Claudia Sheinbaum. Las voces de los partidos que formalmente forman parte de su coalición no fueron tomadas en cuenta en los temas que consideran fundamentales para su propia existencia política. En lugar de abrir espacios de negociación, se impuso una lógica de alineamiento absoluto bajo el argumento de cumplir compromisos asumidos por la Presidenta con el pueblo.

Pero los compromisos políticos no pueden interpretarse como un mandato que obligue a los aliados a renunciar a sus propias convicciones. En un sistema plural, los acuerdos se construyen reconociendo las diferencias, no anulándolas. Pretender que los partidos aliados respalden una reforma que afecta directamente sus intereses sin siquiera discutir sus propuestas equivale a exigir obediencia ciega.

Las consecuencias de esta postura son previsibles. Al cerrarse la puerta al diálogo, la iniciativa de reforma electoral difícilmente alcanzará la mayoría calificada de las dos terceras partes requerida para modificar la Constitución. Ante ese escenario, ya se anuncia la posibilidad de un “plan B”, fórmula que en el pasado ha generado tensiones institucionales y cuestionamientos sobre el respeto al equilibrio de poderes.

La experiencia deja una conclusión clara: cuando un movimiento político se escucha únicamente a sí mismo, pierde la oportunidad de fortalecer su legitimidad mediante el consenso.

En medio de este escenario también han surgido reacciones desde la oposición. El dirigente del Partido Revolucionario Institucional, Alejandro Moreno Cárdenas, ha convocado a construir una alianza de partidos contra Morena. Sin embargo, la credibilidad de quien convoca resulta un elemento central en cualquier proyecto político. Y, en este caso, el mensajero difícilmente puede convertirse en el punto de convergencia de una alternativa nacional.

Más que una alianza de partidos contra otro partido, lo que México necesita es una alianza con la ciudadanía.

Si los partidos políticos realmente desean contribuir a un nuevo rumbo para el país, deberían mirar más allá de sus propias siglas. Poseen estructuras territoriales, cuadros organizativos y experiencia electoral que podrían ponerse al servicio de un ejercicio democrático distinto: convocar a la sociedad para construir un proyecto de nación que surja desde abajo, desde las comunidades, desde los ciudadanos.

Ese ejercicio implicaría algo más profundo que una coalición electoral. Significaría organizar a la ciudadanía sin banderas partidistas, abrir espacios de deliberación pública y permitir que las candidaturas emerjan de la propia sociedad. De preferencia, perfiles con legitimidad social, compromiso público y, en lo posible, sin militancia partidista.

Si el objetivo real es competir y eventualmente derrotar a Morena en los próximos procesos electorales, la única vía es la construcción de una coalición amplia con el pueblo. No se trata simplemente de sumar partidos, sino de articular un proyecto de nación serio, con objetivos claros en el corto, mediano y largo plazo. Un proyecto que responda a las preocupaciones reales de la sociedad y que convoque a la ciudadanía a participar activamente en su construcción.

Sin ese acuerdo amplio con la sociedad, el resultado es previsible: el triunfo de Morena en las próximas elecciones estaría prácticamente garantizado.

Los partidos políticos deben recordar una verdad fundamental de la democracia: no existen para servirse a sí mismos, sino para representar los intereses de los ciudadanos. Su legitimidad deriva precisamente de esa función. Cuando se alejan de ella, pierden sentido y relevancia.

Por ello, este es un momento decisivo. Los partidos deben decidir si continúan atrapados en la defensa de sus intereses particulares o si asumen el reto de pensar primero en México.

Si cada partido decide competir por separado, sin una visión común y sin una alianza real con la ciudadanía, muchos de ellos podrían encaminarse hacia su debilitamiento e incluso hacia su desaparición política en el próximo proceso electoral.

La política mexicana necesita menos cálculos de corto plazo y más visión de país. Menos disputas entre élites partidistas y más apertura hacia la sociedad.

La pregunta que queda abierta es si los partidos estarán a la altura del momento histórico o si dejarán pasar, una vez más, la oportunidad de reconstruir la relación entre la política y los ciudadanos.

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