Zona Cero
10 de Mayo: Las manos de las madres mexicanas
Roberto Santos
Estamos a horas de que inicie uno de los festejos más importantes de la sociedad mexicana: el día de la Madre.
Millones de mexicanos se volcarán a demostrar el cariño que les genera ese ser que les dio la vida.
Pero, en México no todo es felicidad.
Hay una imagen poderosa en el libro Las manos de la madre del psicoanalista Massimo Recalcati, donde explica que las manos de una madre no solo sirven para abrazar, sino que también deben aprender a soltar.
Recalcati sostiene que el verdadero amor materno no consiste en poseer a los hijos, sino en acompañarlos para que puedan vivir su propia vida.
Una madre protege, cuida y sostiene, sí, pero también prepara para la libertad.
El problema aparece cuando el mundo alrededor convierte esa tarea en una tragedia imposible.
Y eso es exactamente lo que ocurre hoy en México.
Aquí, las madres ya no solo cargan mochilas escolares, lonches o uniformes.
También cargan fotografías de desaparecidos, carpetas de investigación, palas y guantes para buscar restos humanos en fosas clandestinas.
Las manos de miles de madres mexicanas dejaron de acariciar para comenzar a escarbar la tierra.
México acumula más de 133 mil personas desaparecidas y no localizadas, una de las peores crisis humanitarias del continente.
La mayoría son jóvenes. Tan solo entre 2024 y 2025 se contabilizaron casi 7 mil menores y jóvenes desap@recidos.
Y detrás de esas cifras aparecen ellas.
Madres que dejaron de vivir para dedicarse a buscar.
En el país existen al menos 234 colectivos y organizaciones de búsqueda, integrados principalmente por mujeres.
Más del 90 por ciento de quienes salen a rastrear fosas, recorrer brechas o pegar fichas de búsqueda son madres, esposas o hermanas.
Es imposible leer a Recalcati sin pensar en las madres buscadoras de México. Porque mientras el autor habla de la importancia de dejar ir a los hijos para que encuentren su destino, aquí hay mujeres que ni siquiera tuvieron oportunidad de despedirse.
¿Y cómo se suelta a un hijo que nunca regresó?
Ahí se rompe toda teoría.
En México el papel de las madres parece invertirse al de Telémaco, el hijo de Ulises en La Odisea.
Telémaco esperaba cada tarde el regreso de su padre mirando el horizonte, inmóvil, consumido por la ausencia.
Ansiaba mirar el barco en el que Ulises partió hacia Troya.
Pero aquí ocurre lo contrario.
Las madres mexicanas no esperan sentadas. Ellas salen a buscar.
Caminan cerros, carreteras, desiertos y fosas clandestinas siguiendo pistas anónimas, llamadas, rumores o restos de esperanza.
Van detrás de una sombra, de una posibilidad, de un nombre escrito en una b0lsa negra.
Y entonces surge la pregunta brutal:

¿cómo se llama eso en un país donde las madres tienen que salir a buscar a sus hijos desap@recidos?
No hay concepto suficiente para nombrarlo.
Porque además, en esta tragedia, también des@parecen las madres. Miles de mujeres permanecen no localizadas en México y muchas de ellas tenían hijos.
La des@parición ya no rompe solamente una generación: rompe familias enteras.
En los últimos años México ha construido una maternidad marcada por la angustia.
Las madres viven entre el miedo y la sobreprotección porque el país se volvió un territorio hostil para los jóvenes.
Madres que esperan el mensaje de “ya llegué”, madres que no duermen hasta escuchar abrirse la puerta, madres que revisan redes sociales buscando nombres, rostros o noticias de viol3ncia en la ciudad donde viven sus hijos.
Y entonces, nos damos cuenta que el miedo también educa.
Recalcati advierte sobre el riesgo de una maternidad que asfixia y no deja crecer.
Pero en México muchas madres no sobreprotegen por deseo de controlar, sino por terror a perder.
Porque este país les enseñó que un hijo puede desap@recer camino a la escuela, al trabajo, a una fiesta o simplemente al salir a comprar alimento para su mascota.
Y aun así, ellas sostienen todo.
Sostienen hogares sin apoyo. Sostienen familias enteras con dobles jornadas. Sostienen hijos solas porque el abandono paterno sigue siendo una constante silenciosa. Sostienen duelos. Sostienen la pobreza. Sostienen un país que frecuentemente les responde con indiferencia.
Las madres mexicanas se convirtieron en refugio emocional, proveedoras económicas, investigadoras, activistas y defensoras de derechos humanos, todo al mismo tiempo.
Tal vez por eso el discurso romántico del 10 de mayo cada vez se siente más distante de la realidad.
Flores y serenatas en un país donde muchas madres buscan cadáveres.
Promociones y festivales escolares en un país donde otras madres visitan cárceles para ver a hijos presos o esperan noticias en servicios forenses.
La gran tragedia mexicana es que millones de mujeres siguen usando sus manos para sostener la vida… mientras el Estado sigue sin poder garantizarles tranquilidad.
En México, las madres no solo aprendieron a cuidar.
Aprendieron también a resistir.
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