9 de mayo de 2026
Opinion

Esthela Damián Peralta. Primero la encuesta.

EN OPINIÓN

Esthela Damián Peralta. Primero la encuesta.

Lic. Moisés Torres Salmerón

En política, los silencios también hablan. Y en el caso de Esthela Damián Peralta, lo que parece una evasiva frente a una pregunta de fondo es, en realidad, una declaración de método.

La entrevista realizada por Misael Habana de los Santos lo ilustra con claridad. La pregunta fue directa: ¿Cuáles son los temas que traes en la agenda?, ¿cuáles son los temas urgentes que tiene que resolver Guerrero en los próximos seis años?, ¿de qué le vas a hablar a la gente y a qué te comprometes?

La respuesta, lejos de enumerar propuestas, tomó otro camino: evitar el futurismo político. Damián Peralta sostuvo que en este momento no puede ni debe plantear escenarios ni compromisos, porque aún no existe una candidatura definida; que el reto inmediato es la encuesta, y que cualquier adelantamiento sería un error estratégico.

Subrayó que está en la etapa de organización, a la espera de la convocatoria y de los tiempos que marque Morena.

En un contexto donde las aspiraciones suelen desbordarse en promesas anticipadas, su decisión de no “futurizar” no es menor. Es una apuesta clara por la disciplina interna, por el respeto a los tiempos y reglas del juego. En Morena, el proceso interno no es una formalidad: es el filtro de legitimidad.

Colocar la encuesta como el centro del momento político no es una reducción del debate, sino una jerarquización estratégica.

Primero se compite, luego el proyecto. Pretender lo contrario sería adelantar una candidatura que aún no existe, con el riesgo de fracturar equilibrios internos o enviar señales equivocadas hacia la militancia.

A ello se suma un segundo elemento igual de relevante: la contención del futurismo como mecanismo de control político. En tiempos donde la sobreexposición desgasta antes de consolidar, optar por la prudencia implica cuidar el capital político. No engancharse en escenarios hipotéticos evita errores, pero también, y sobre todo, evita confrontaciones innecesarias dentro del propio movimiento.

Esta lógica, sin embargo, no es únicamente técnica; tiene una dimensión política más profunda: la unidad. En procesos internos altamente competidos, la cohesión no se construye con discursos grandilocuentes, sino con señales claras de respeto a las reglas del juego. Esperar la convocatoria, acatar los lineamientos y someterse al resultado de la encuesta es, en sí mismo, un mensaje de compromiso con la unidad.

Porque al final, el verdadero desafío no es ganar una encuesta, sino mantener un movimiento cohesionado después de ella.

La estrategia es clara: no dividir, no adelantar conflictos, no asumir victorias inexistentes.

Primero la legitimidad interna; después, el proyecto de gobierno. En esa secuencia, la unidad deja de ser un discurso y se convierte en una condición indispensable para competir hacia afuera.

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