EN OPINIÓN
Félix Salgado. El ruido después de la decisión.
Lic. Moisés Torres Salmerón
En política, el verdadero tamaño de un liderazgo no se mide cuando todas las decisiones le favorecen, sino cuando debe asumir que el proyecto colectivo ha tomado un rumbo distinto al que él deseaba. Es en ese momento donde se distingue al estadista del caudillo y al dirigente institucional del político que no logra desprenderse del protagonismo.
Morena ya tomó una decisión. El proceso interno para definir la coordinación de los trabajos políticos rumbo a la gubernatura de Guerrero concluyó y el partido determinó quiénes continuarán en la siguiente etapa. Como en cualquier proceso democrático interno, hubo quienes avanzaron y quienes quedaron fuera.
Sin embargo, la conversación política no ha logrado pasar la página.
El senador con licencia Félix Salgado Macedonio continúa ocupando buena parte de la agenda pública. Sus mensajes en redes sociales, las publicaciones de sus simpatizantes y la narrativa que insiste en mantener viva la discusión interna han impedido que los reflectores se concentren plenamente en quienes fueron registrados por Morena para encabezar esta nueva fase.
La pregunta es inevitable: ¿qué busca realmente?
Desde que inició el proceso interno, Félix Salgado Macedonio mantuvo una presencia constante en los medios de comunicación. Un día afirmaba que no quería ser candidato; al siguiente dejaba abierta la posibilidad; después volvía a enviar señales que alimentaban la especulación. Hasta el último minuto previo al cierre del registro, su nombre ocupó titulares.
Concluido el proceso, cabría esperar que la atención política se trasladara naturalmente hacia quienes recibieron el respaldo del partido. No obstante, el debate sigue girando alrededor de quien ya no forma parte de la contienda interna.
¿Se trata de una estrategia para conservar influencia? ¿Es una forma de fortalecer su posición en futuras negociaciones? ¿Busca enviar un mensaje a la dirigencia nacional? ¿O simplemente existe una dificultad para aceptar que el protagonismo político, por definición, también tiene ciclos?
Son preguntas legítimas en una democracia interna.
Porque una cosa es expresar una opinión y otra muy distinta mantener una dinámica que, voluntaria o involuntariamente, termina eclipsando a quienes hoy representan la decisión institucional de Morena.
No parece una estrategia que fortalezca al movimiento.
Citlalli Hernández, fue clara al recordar un principio elemental: “el movimiento está por encima de cualquiera de sus dirigentes”. Esa frase no constituye un mensaje dirigido a una sola persona; representa una definición política sobre cómo debe entenderse el ejercicio del liderazgo dentro del partido.
En toda organización política existen diferencias, grupos y corrientes. También existen mecanismos para construir acuerdos y equilibrar responsabilidades. Las mesas de diálogo forman parte de esa normalidad democrática. Ahí se negocian espacios, responsabilidades y proyectos, sin necesidad de convertir cada inconformidad en una disputa pública permanente.
Por eso llama la atención que, una vez concluido el proceso, el ruido continúe.
Félix Salgado Macedonio posee un liderazgo construido durante muchos años y conserva una base social importante en Guerrero. Ese capital político nadie puede desconocerlo. Pero precisamente por ello, también tiene una responsabilidad mayor frente al movimiento que ayudó a construir.
Los grandes liderazgos no sólo saben competir; también saben respaldar cuando la decisión ya fue tomada. Entienden que la fortaleza de un partido depende de que las instituciones sean más fuertes que las personas.
Porque si cada resolución interna termina siendo sometida a la presión, entonces las reglas dejan de ser reglas y los procesos pierden credibilidad.
Morena enfrenta uno de los mayores desafíos de cualquier partido en el poder: demostrar que puede procesar sus diferencias sin fracturarse. La ciudadanía observa con atención si prevalece la institucionalidad o si los liderazgos individuales terminan imponiendo la lógica de la presión política.
Al final, quizá la pregunta no sea únicamente qué busca Félix Salgado Macedonio.
La verdadera pregunta es qué imagen quiere proyectar Morena hacia la sociedad.
¿La de un partido cuyas decisiones internas se respetan, incluso cuando no satisfacen a todos? ¿O la de un movimiento donde el peso de los liderazgos personales puede prolongar indefinidamente una discusión ya resuelta?
La respuesta no solo marcará el rumbo de Guerrero. También enviará un mensaje sobre la madurez política de Morena frente a uno de sus desafíos más importantes: demostrar que ningún liderazgo, por grande que sea, está por encima de la institución.
Los partidos se fortalecen cuando sus dirigentes saben construir unidad. Pero también cuando saben retirarse del centro del escenario para permitir que el proyecto colectivo siga su curso.
Esa, quizá, es la prueba más difícil del poder: entender que servir a un movimiento también implica aceptar que llega el momento de ceder el protagonismo.
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