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octubre 9, 2026
Opinion

Morena frente al espejo. El mayor enemigo puede estar dentro.

CAJA DE RESONANCIA

Morena frente al espejo. El mayor enemigo puede estar dentro.

Lic. Moisés Torres Salmerón

 

 

 

Hay aniversarios que sirven para celebrar y otros que deberían servir para preguntarse qué se ha hecho bien, qué se ha perdido en el camino y, sobre todo, hacia dónde se quiere llegar.

Morena cumple quince años desde su formación como movimiento. Pero vale la pena hacer un ejercicio distinto: imaginar qué podremos decir de Morena durante los próximos años.

¿Seguirá siendo una fuerza política capaz de representar una transformación profunda de la vida pública de México? ¿O habrá terminado convirtiéndose en aquello que alguna vez prometió combatir?

La pregunta no es exagerada.

Morena nació como una respuesta a un sistema político que había acumulado enormes niveles de desigualdad, corrupción, privilegios, impunidad y concentración del poder. Su discurso encontró eco porque millones de mexicanos estaban cansados de gobiernos que parecían responder más a intereses de grupos que a las necesidades de la sociedad.

Su éxito electoral fue extraordinario. En poco tiempo pasó de ser un movimiento opositor a convertirse en la principal fuerza política del país.

Pero gobernar es mucho más difícil que conquistar el poder.

Y ahí comienza el verdadero desafío.

El desgaste propio del ejercicio gubernamental es inevitable. Lo que no es inevitable es que ese desgaste termine convirtiéndose en corrupción, soberbia, intolerancia o pérdida de identidad.

Los partidos políticos suelen cambiar cuando llegan al poder. El problema aparece cuando dejan de reconocer que están cambiando.

Morena enfrenta precisamente esa contradicción.

Su mayor riesgo no necesariamente está en la derecha, en sus adversarios electorales o en quienes anuncian desde la oposición que buscarán recuperar el poder.

Su mayor riesgo puede estar dentro de sus propias contradicciones.

Porque un movimiento que llegó denunciando el abuso del poder debe preguntarse qué ocurre cuando algunos de sus propios dirigentes comienzan a reproducir prácticas que antes cuestionaban.

Un partido que hizo de la lucha contra la corrupción una bandera debe ser particularmente exigente con los actos de corrupción cometidos por sus propios funcionarios.

Una organización que habló durante años de democracia participativa no puede sentirse cómoda cuando sus decisiones internas se toman de manera discrecional, cupular o mediante procedimientos que sus propios militantes no pueden comprender ni verificar.

Y un proyecto político que reivindicó la transformación de las instituciones debe tener cuidado de no confundir la transformación con la concentración del poder.

Éste es quizá uno de los debates más importantes que Morena tendrá que enfrentar durante los próximos años.

La mayoría electoral no es un cheque en blanco.

La legitimidad obtenida en las urnas es indispensable, pero no sustituye la rendición de cuentas, la división de poderes, la transparencia ni los controles democráticos.

Gobernar con una amplia mayoría no significa tener derecho a gobernar sin contrapesos.

Ahí está una de las grandes pruebas para Morena.

Existe además otro fenómeno que merece atención: la utilización de la palabra “unidad” como respuesta a prácticamente cualquier conflicto interno.

La unidad es necesaria en cualquier organización política. Pero hay una diferencia fundamental entre unidad y unanimidad.

La unidad democrática se construye mediante reglas, deliberación, transparencia y respeto a las diferencias.

La unanimidad impuesta, en cambio, puede ser solamente silencio.

Morena tendrá que decidir si quiere militantes que piensen, cuestionen y participen o simplemente estructuras que obedezcan.

Porque un partido que elimina la crítica interna puede conservar temporalmente la disciplina, pero pierde una de sus mejores herramientas para corregirse.

La autocrítica no debilita a un movimiento político.

Lo fortalece.

La verdadera amenaza aparece cuando cualquier cuestionamiento es interpretado como traición, cuando cualquier inconformidad es atribuida a intereses externos o cuando cualquier señalamiento incómodo es descalificado simplemente porque proviene de alguien que no comparte las decisiones de la dirigencia.

No toda crítica a Morena proviene de la derecha.

Algunas críticas provienen de ciudadanos que alguna vez confiaron en el proyecto.

Otras vienen de militantes que consideran que sus principios deben cumplirse.

Y otras, quizá las más importantes, surgen de la propia realidad.

Morena llegó al poder denunciando a una clase política que había convertido los cargos públicos en instrumentos de privilegio.

Quince años después, debería preguntarse con absoluta honestidad si algunos de sus integrantes están comenzando a comportarse como aquello que criticaron.

Ésa es la pregunta incómoda.

Y precisamente por eso es necesaria.

El problema no es que Morena tenga diferencias internas. Las diferencias son normales en cualquier organización política.

El problema es que las disputas por candidaturas, cargos y espacios de poder terminen desplazando los principios que dieron origen al movimiento.

Cuando la lucha por el poder se convierte en el principal objetivo, cualquier partido corre el riesgo de vaciarse ideológicamente.

Entonces aparecen las alianzas contradictorias, los pragmatismos excesivos, las negociaciones opacas y la justificación de conductas que antes eran consideradas inaceptables.

Y entonces sucede algo todavía más peligroso: se comienza a juzgar a los propios con una vara y a los adversarios con otra.

Un proyecto de transformación no puede sobrevivir mucho tiempo a esa contradicción.

¿Morena llegará a los 25 años?

Ésta debería ser la pregunta de fondo.

No quién tendrá la próxima candidatura.

No quién controlará el partido.

No quién ocupará determinado cargo.

No quién tendrá mayor influencia.

La verdadera pregunta es qué clase de organización política quiere ser Morena cuando ya no pueda depender de la fuerza histórica de sus fundadores, de la popularidad de sus liderazgos o del impulso inicial de la llamada Cuarta Transformación.

Los partidos sobreviven a sus dirigentes cuando construyen instituciones.

Cuando dependen de personas, tarde o temprano enfrentan una crisis sucesoria.

Morena tiene todavía la oportunidad de construir una institucionalidad propia: órganos internos confiables, procedimientos transparentes, mecanismos efectivos de rendición de cuentas, democracia interna, selección de candidaturas verificable y una auténtica cultura de deliberación.

Pero esa transformación exige algo que quizá sea más difícil que ganar una elección:

aceptar que el poder también puede corromper a quienes llegaron prometiendo combatir la corrupción.

Durante mucho tiempo, Morena construyó buena parte de su identidad política en oposición a la derecha.

Es comprensible.

Pero ningún partido puede vivir eternamente de la existencia de un adversario.

Un proyecto político maduro debe ser capaz de mirarse al espejo.

Y quizá ese espejo resulte más incómodo que cualquier discurso opositor.

Porque el mayor peligro para Morena no es necesariamente que la derecha vuelva al poder.

El mayor peligro es que Morena deje de ser Morena.

Que conserve el nombre, los símbolos, las mayorías electorales y el discurso de transformación, pero pierda gradualmente los principios que le dieron sentido.

Que la corrupción de los propios sea minimizada.

Que la crítica interna sea considerada una amenaza.

Que la disciplina sustituya a la deliberación.

Que la unidad se utilice para ocultar las diferencias.

Que las encuestas sustituyan a las reglas.

Que la mayoría sustituya a los contrapesos.

Que la concentración del poder termine justificándose en nombre de la transformación.

Si eso ocurre, Morena podría conservar el poder y, al mismo tiempo, perder aquello que originalmente hizo posible su llegada al poder.

Por eso, pensar en los 15 años de Morena no debería ser un ejercicio de nostalgia ni una celebración anticipada.

Debería ser una advertencia.

Todavía hay tiempo para corregir.

Todavía hay tiempo para recuperar la autocrítica.

Todavía hay tiempo para recordar que la transformación no consiste solamente en cambiar quién gobierna, sino en cambiar la manera en que se ejerce el poder.

Porque al final, la historia suele ser implacable con los movimientos políticos.

Los electores pueden perdonar errores.

Lo que difícilmente perdonan indefinidamente es la incongruencia.

Morena no necesita únicamente defenderse de sus adversarios. Necesita defenderse de la tentación de convertirse en aquello contra lo que nació.

Y quizá ésa sea la verdadera batalla de los próximos años.

No la batalla por conservar el poder.

Sino la batalla por demostrar que el poder no terminó con el partido movimiento.

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