Propuestas y Soluciones
Elecciones en Chile
Jorge Laurel González
’La alternancia en el poder no es una amenaza para la democracia; es su oxígeno’! Octavio Paz (1914 – 1998) (Poeta mexicano, nobel de Literatura)
Chile vuelve a ofrecer una lección que, en América Latina, no siempre estamos dispuestos a aprender con humildad: la democracia no se defiende con consignas, sino con instituciones; no se fortalece con descalificaciones, sino con reglas claras, respeto al adversario y madurez política. El reciente proceso electoral chileno —intenso, polarizado, observado con lupa desde el exterior— confirma que la alternancia en el poder no es una anomalía, sino una condición indispensable para la salud democrática.
En un continente marcado por caudillismos recurrentes, tentaciones reeleccionistas y discursos que confunden mayoría electoral con verdad moral, Chile ha logrado sostener un sistema donde el péndulo político oscila sin romperse. Hoy gobierna una fuerza; mañana puede hacerlo otra. Y en ese vaivén —a veces incómodo, a veces irritante— reside precisamente la fortaleza del sistema.
La llamada ley del péndulo explica buena parte de este fenómeno. Cuando una sociedad se desplaza con fuerza hacia un extremo ideológico, tarde o temprano emerge una reacción en sentido contrario. No se trata de traiciones colectivas ni de ’errores del pueblo’, como algunos líderes suelen afirmar cuando pierden; se trata de un mecanismo casi natural de autorregulación social. Las expectativas no cumplidas, los excesos retóricos, la distancia entre promesa y realidad empujan al electorado a buscar equilibrio. Chile lo ha vivido con claridad en los últimos años.
En ese contexto, el proceso electoral chileno destaca no solo por su legalidad, sino por la conducta de sus protagonistas. Gabriel Boric, presidente en funciones, asumió una postura institucional, prudente y respetuosa del juego democrático, aun cuando los resultados no siempre favorecen a su sector. Esa actitud —tan poco común en la región— habla de una comprensión profunda del rol del Estado: gobernar sin apropiarse del sistema, ejercer el poder sin colonizar la democracia.
Igualmente, destacable ha sido la actitud de Evelyn Matthei, candidata que compitió con José Antonio Kast, militante de la Unión Demócrata Independiente (UDI) y representante de la coalición Chile Vamos. Más allá de las profundas diferencias ideológicas entre los proyectos en disputa, su comportamiento político reflejó una comprensión clara de que la legitimidad del proceso está por encima de cualquier aspiración personal o partidista. Reconocer los resultados, evitar la crispación y contribuir a la estabilidad institucional son gestos que fortalecen la democracia, incluso desde la oposición.
En contraste, resulta inevitable criticar la postura del presidente colombiano Gustavo Petro, quien llegó a calificar a José Antonio Kast como ’hijo de Hitler’.
Más allá de la legítima discrepancia ideológica —que puede y debe ser firme—, ese tipo de descalificaciones personales resultan irresponsables y profundamente dañinas para el debate público. Equiparar adversarios democráticos con símbolos absolutos del mal no eleva el nivel de la discusión ni aporta claridad moral; por el contrario, banaliza tragedias históricas y degrada el lenguaje político.
La política latinoamericana necesita menos adjetivos incendiarios y más argumentos. Menos insultos transfronterizos y mayor respeto por los procesos soberanos de cada nación. Chile no necesitaba tutelajes morales externos ni certificados ideológicos expedidos desde otros palacios presidenciales. Su democracia se defiende sola, precisamente porque ha aprendido a procesar sus conflictos dentro de la institucionalidad.
Este contraste deja una enseñanza clara: la democracia no solo se mide por quién gana, sino por cómo se pierde y cómo se gobierna después. Boric, Kast y las fuerzas políticas que los acompañan han entendido —con matices, sin idealizaciones— que el adversario no es un enemigo a exterminar, sino una parte legítima del sistema. Esa comprensión es el verdadero antídoto contra el autoritarismo.
Para México y el resto de la región, el caso chileno debería ser un espejo incómodo pero necesario. La alternancia no debe verse como una amenaza al ’proyecto histórico’ de nadie. Ningún gobierno, por popular que sea, puede arrogarse el monopolio de la virtud ni la representación exclusiva del pueblo. Cuando eso ocurre, el péndulo deja de oscilar y la democracia comienza a rigidizarse… hasta romperse.
Chile demuestra que es posible sostener debates intensos sin dinamitar el sistema, perder elecciones sin desconocerlas y ejercer el poder sin confundirlo con propiedad privada. No es un modelo perfecto —ninguna democracia lo es—, pero sí una referencia valiosa en tiempos donde la estridencia suele sustituir a la razón.
La lección final es sencilla y, a la vez, profundamente política: la democracia no se grita, se practica. Y se practica todos los días, con reglas, con respeto y con la conciencia de que el poder es siempre transitorio.
Recordemos que solamente Juntos, Logramos Generar: Propuestas y Soluciones.
Jorge Laurel González
Autor de: Turismo con Propósito.
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