CAJA DE RESONANCIA
De las encuestas a la lealtad de aparador.
Lic. Moisés Torres Salmerón
Morena llegó al poder reivindicando la democracia participativa, la soberanía popular y la lucha contra las prácticas autoritarias del viejo régimen. Sin embargo, hoy enfrenta una contradicción que merece una reflexión crítica: mientras proclama que el pueblo manda, sus mecanismos internos de selección de candidaturas parecen concentrar cada vez más poder en las dirigencias.
La sustitución de las elecciones internas por las encuestas se ha convertido en uno de los rasgos distintivos de su método para elegir candidatos. En principio, una encuesta puede ser un instrumento válido para conocer las preferencias ciudadanas. El problema comienza cuando sus resultados se convierten en una decisión incuestionable, sin suficiente transparencia sobre la metodología, las muestras, los criterios de ponderación y los mecanismos de verificación.
Una encuesta cuyos resultados no pueden ser examinados públicamente corre el riesgo de convertirse en una versión moderna del dedazo: la voluntad de la dirigencia disfrazada de decisión ciudadana.
Pero las consecuencias de esta práctica van más allá de la selección de candidaturas. La pregunta fundamental es qué tipo de representantes está formando Morena y, sobre todo, a quién consideran que deben su lealtad.
Guerrero ofrece un ejemplo preocupante. En el Congreso local, diputados de Morena votaron contra un exhorto dirigido a instancias federales para exigir el abasto de medicamentos en los hospitales públicos del estado.
La discusión no debería reducirse a una disputa entre partidos. La falta de medicamentos afecta directamente la vida y la dignidad de miles de personas. No tiene color partidista ni puede justificarse mediante argumentos de disciplina política. Exigir respuestas a las autoridades responsables no significa atacar a un gobierno: significa defender un derecho.
Un exhorto parlamentario no resuelve por sí mismo el desabasto, pero permite visibilizar una problemática y exigir explicaciones. Por eso, lo verdaderamente cuestionable es que una demanda relacionada con la salud pública pueda quedar subordinada a consideraciones de conveniencia partidista.
Aquí aparece la contradicción: legisladores que llegan al Congreso mediante el voto popular, pero cuya conducta parece responder más a los intereses de su partido que a las necesidades de quienes representan.
Conviene recordarles que los diputados no son empleados de las dirigencias ni representantes exclusivos de Morena. Son representantes populares y tienen obligaciones constitucionales. El artículo 1.º de nuestra Constitución establece el deber de todas las autoridades de promover, respetar, proteger y garantizar los derechos humanos; el artículo 4.º reconoce el derecho a la protección de la salud.
La disciplina partidista no puede estar por encima de esos principios. Un legislador no demuestra lealtad a su movimiento obedeciendo sin cuestionar, sino ejerciendo su responsabilidad con independencia de criterio, incluso cuando ello implique disentir de su propia bancada.
Por supuesto, votar contra un exhorto no constituye automáticamente una violación constitucional. Pero sí puede revelar una preocupante distorsión de la representación política cuando las razones partidistas terminan desplazando las demandas sociales.
Morena debe preguntarse si está construyendo una verdadera democracia interna o una estructura vertical en la que las candidaturas se deciden desde arriba, las encuestas justifican las decisiones y las bancadas reproducen la disciplina de la dirigencia.
La verdadera transformación democrática no consiste en cambiar los nombres de quienes ejercen el poder, sino en modificar las prácticas que lo concentran. No basta con ganar elecciones invocando al pueblo si después se limita su participación y se exige a sus representantes obediencia antes que responsabilidad.
Morena debe entender que las encuestas pueden otorgar una candidatura, pero no conceden legitimidad permanente ni autorizan a sus legisladores a darle la espalda a la ciudadanía.
Porque un diputado puede llegar al Congreso por Morena, pero su mandato no pertenece a Morena. Pertenece al pueblo.
Al final, la pregunta que debería incomodar es sencilla: ¿Se están formando representantes del pueblo o representantes de un partido?
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