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agosto 21, 2026
Opinion

Harfuc. Entre el respaldo de Washington y la sucesión de 2030.

EN OPINIÓN

Harfuc. Entre el respaldo de Washington y la sucesión de 2030.

Lic. Moisés Torres Salmerón

 

 

 

El reconocimiento público del director de la DEA, Terry Cole, al secretario de Seguridad y Protección Ciudadana, Omar García Harfuch, como un “socio de confianza” podría parecer, en principio, un episodio más de la cooperación bilateral en materia de seguridad. Sin embargo, ocurre en un contexto político que obliga a leerlo con mayor detenimiento.

Porque mientras Washington estrecha la presión sobre personajes vinculados al obradorismo, mediante restricciones de visa y señales cada vez más severas en materia de seguridad y combate al crimen organizado, la principal agencia antidrogas estadounidense distingue públicamente a Harfuch.

No necesariamente significa que Estados Unidos esté escogiendo al próximo presidente de México. Esa interpretación sería aventurada y políticamente simplista. Pero tampoco sería prudente ignorar lo que significa que, en medio de una relación bilateral marcada por tensiones, un funcionario mexicano sea presentado por una de las instituciones de seguridad más importantes de Estados Unidos como un interlocutor confiable.

El fenómeno resulta particularmente interesante porque Harfuch ocupa un lugar dentro de un gobierno emanado de Morena, pero su perfil público no corresponde exactamente al estereotipo del político tradicional del movimiento.

Su capital político está asentado en otro terreno: seguridad, resultados operativos, coordinación institucional y capacidad para establecer comunicación con agencias estadounidenses.

En otras palabras, su eventual fortaleza electoral no necesariamente estaría en representar una corriente ideológica dentro de Morena, sino en presentarse como un funcionario capaz de ofrecer resultados en uno de los problemas que más preocupan a los mexicanos: la inseguridad.

Y eso puede ser determinante en 2030.

La sucesión presidencial todavía está lejos, pero los proyectos políticos se construyen mucho antes de que comiencen formalmente las campañas. Quien llegue a esa contienda con una imagen consolidada de eficacia tendrá una ventaja importante frente a quienes deban construir su credibilidad prácticamente desde cero.

Harfuch, por lo pronto, ya tiene una narrativa.

La seguridad pública puede convertirse en el gran tema de la sucesión presidencial.

Después de años en los que la discusión política estuvo dominada por la transformación del régimen, los programas sociales, la desigualdad y la confrontación entre el viejo y el nuevo modelo político, el electorado podría demandar algo más concreto: resultados frente a la violencia y el crimen organizado.

Ahí es donde el perfil de Harfuch adquiere relevancia.

Su eventual candidatura podría construirse alrededor de una idea sencilla pero políticamente poderosa: eficacia sin estridencia.

No necesariamente sería el candidato de la confrontación ideológica, sino el de los resultados.

Y existe otro elemento que no debe pasar inadvertido: las encuestas comienzan a colocarlo entre los perfiles mejor posicionados dentro de Morena para 2030, aunque él mismo haya rechazado públicamente estar construyendo una candidatura presidencial.

En política, sin embargo, negar una aspiración no elimina necesariamente sus efectos.

Una candidatura puede comenzar a existir en la percepción pública mucho antes de que exista formalmente en la voluntad de quien podría encabezala.

Aquí conviene establecer una frontera.

No hay elementos suficientes para afirmar que la DEA esté promoviendo a Harfuch como candidato presidencial. Una cosa es reconocer institucionalmente la cooperación de un funcionario mexicano y otra muy distinta intervenir en una sucesión presidencial.

Pero tampoco puede ignorarse que la confianza de Washington puede convertirse en un activo político interno.

En una relación bilateral en la que Estados Unidos ejerce cada vez mayor presión sobre México para obtener resultados en materia de narcotráfico, tráfico de armas, lavado de dinero y organizaciones criminales, contar con un funcionario mexicano reconocido por las agencias estadounidenses puede adquirir un valor estratégico.

Y más aún si ese funcionario pertenece al partido gobernante.

La paradoja es evidente: mientras algunos sectores del entorno morenista comienzan a enfrentar mayores cuestionamientos desde Washington, Harfuch aparece como un puente funcional entre ambos países.

No necesariamente como un puente político. Pero sí como un puente institucional.

Aquí aparece la pregunta que verdaderamente importa.

Si Harfuch continúa acumulando reconocimiento, mantiene resultados en seguridad y conserva una buena relación con la presidenta Claudia Sheinbaum, ¿qué ocurrirá dentro de Morena?

Porque una eventual candidatura no dependerá solamente de la popularidad de un aspirante.

Dependerá de las reglas internas, de los grupos políticos, de las estructuras territoriales, de las encuestas y, sobre todo, de quién tenga capacidad para construir consenso.

Y Harfuch tiene una característica peculiar: su capital político no parece depender exclusivamente de una corriente interna del partido.

Eso podría ser una fortaleza, pero también una debilidad.

Fortaleza, porque podría presentarse como una figura menos confrontada con los distintos grupos.

Debilidad, porque la política partidista requiere estructuras, alianzas y operadores territoriales.

Por eso todavía es demasiado pronto para hablar de una candidatura inevitable.

Pero ya no parece demasiado pronto para hablar de Harfuch como uno de los actores que deben observarse en la sucesión presidencial.

El problema para Harfuch será demostrar que su prestigio en materia de seguridad puede convertirse en una propuesta de gobierno integral.

Gobernar un país es mucho más que combatir al crimen.

Un presidente debe enfrentar problemas económicos, sociales, institucionales, diplomáticos, educativos y de desarrollo regional. La seguridad puede abrirle la puerta a una candidatura, pero no necesariamente le garantiza la Presidencia.

Deberá demostrar que detrás del secretario de Seguridad existe un proyecto de país.

Y también deberá enfrentar una pregunta inevitable: ¿hasta dónde puede mantener una relación estrecha con las agencias estadounidenses sin que sus adversarios políticos intenten convertir esa cooperación en un argumento de subordinación?

Ese será uno de los dilemas de su eventual proyecto.

Porque en México la cooperación con Washington siempre tiene una doble lectura: para unos significa eficacia; para otros, riesgo de dependencia.

Harfuch tendrá que administrar esa contradicción.

Aunque formalmente nadie esté en campaña, la sucesión de 2030 ya está produciendo señales.

Los posicionamientos públicos, las encuestas, las relaciones internacionales, las apariciones mediáticas y los resultados de gobierno empiezan a formar el mapa de los posibles contendientes.

Y en ese mapa Omar García Harfuch está adquiriendo una dimensión que hace apenas algunos años parecía difícil de imaginar.

La fotografía de Buenos Aires, en la que el director de la DEA reconoce al secretario mexicano como un socio confiable, puede parecer solamente una imagen diplomática.

Pero la política también se construye con imágenes. Y ésta transmite un mensaje:

En un momento en que Washington eleva la presión sobre sectores del poder mexicano, existe dentro del propio gobierno de la Cuarta Transformación un funcionario que conserva una relación de confianza con una de las agencias estadounidenses más importantes en materia de seguridad.

¿Es eso suficiente para convertirlo en candidato presidencial?

No.

¿Es suficiente para convertirlo en un actor central de la sucesión?

Probablemente sí.

La pregunta, entonces, ya no debería ser si Omar García Harfuch está haciendo campaña para 2030.

La pregunta verdaderamente interesante es otra:

Si continúa acumulando resultados, reconocimiento nacional y confianza internacional, ¿podrá Morena ignorar el capital político que está construyendo?

Porque en política, algunas candidaturas se anuncian.

Y otras, simplemente, comienzan a construirse mucho antes de que alguien se atreva a pronunciarlas.

 

 

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