CAJA DE RESONANCIA
La memoria como rescate del movimiento.
Lic. Moisés Torres Salmerón
Hay momentos en la vida de un movimiento político en los que la memoria deja de ser un ejercicio del pasado y se convierte en una responsabilidad del presente.
Morena nació y creció con el esfuerzo de miles de mujeres y hombres que caminaron por las calles, tocaron puertas, organizaron reuniones, repartieron propaganda y defendieron una esperanza que durante muchos años parecía distante. Muchos lo hicieron sin cargos, sin salarios públicos y sin la certeza de que algún día llegarían las victorias electorales.
Lo hicieron porque creyeron, por convicción.
Creían que la política podía recuperar su sentido social. Creyeron que quienes habían acompañado durante años a otros proyectos políticos no podían simplemente aparecer, de un día para otro, como protagonistas naturales del movimiento que habían combatido.
Por eso hoy resulta indispensable hacer un llamado a la memoria de los militantes y simpatizantes de Morena.
No se trata de negar el derecho de nadie a participar en política. Tampoco de desconocer que las personas pueden cambiar de posición, de partido o de proyecto. La democracia permite esas decisiones.
Pero una cosa es reconocer el derecho de alguien a cambiar y otra muy distinta pedirle a una militancia que olvide su propia historia.
En Guerrero, frente a la posibilidad de que una figura proveniente de una coalición que en 2018 enfrentó electoralmente a Morena pueda convertirse ahora en su eventual abanderada a la gubernatura, es legítimo que la militancia se pregunte qué significado tiene esa decisión.
La pregunta no debería ser únicamente quién tiene posibilidades de ganar una elección.
También debería ser: ¿qué representa esa candidatura para quienes construyeron Morena desde abajo?
Porque Morena no fue construido únicamente en las oficinas donde hoy se toman decisiones. Se construyó en los barrios, en las comunidades, en los ejidos, en las colonias populares y en las plazas públicas.
Se construyó con personas que pusieron dinero de su bolsillo para trasladarse a una reunión, que prestaron sus vehículos, que organizaron actos, que soportaron críticas y que, durante años, defendieron un proyecto cuando hacerlo no significaba obtener un cargo.
Esa militancia tiene memoria.
Y tiene derecho a preguntar.
¿Dónde estaban quienes hoy pretenden representar al movimiento cuando Morena necesitaba organización y votos?
¿Qué posiciones defendían entonces?
¿Contra quiénes hicieron campaña?
¿Qué principios políticos sostenían?
Y, sobre todo, ¿qué razones justifican hoy un cambio de rumbo?
Preguntar no es dividir.
Recordar no es traicionar.
Disentir no significa dejar de ser parte de un movimiento.
Por el contrario, una organización política que aspire a mantenerse viva necesita escuchar a su base, particularmente cuando existen decisiones capaces de generar un cisma entre quienes han sostenido el proyecto durante años.
Morena de 2026 enfrenta una realidad distinta a la de 2018. El poder modifica las relaciones internas, genera intereses y puede alejar a las dirigencias de quienes están en el territorio, de las bases.
Precisamente por eso, la militancia debe recuperar algo que ningún cargo público puede otorgar ni quitar: su capacidad de participar, cuestionar y decidir con libertad.
La eventual candidatura a la gubernatura todavía no está definida. Y mientras no exista una decisión formal, existe también un espacio para la deliberación.
Si la militancia considera que una determinada candidatura no representa sus convicciones, tiene derecho a expresarlo públicamente, pacíficamente y por las vías democráticas correspondientes.
No se trata de imponer una candidatura alternativa.
Se trata de recordar que los partidos y movimientos políticos no pertenecen exclusivamente a sus dirigentes.
También pertenecen a quienes los construyen.
A quienes estuvieron antes de los cargos.
Antes de los presupuestos.
Antes de las oficinas.
Antes de los triunfos.
Porque cuando un movimiento olvida a quienes lo hicieron posible, corre el riesgo de convertir la historia colectiva en patrimonio de unos cuantos.
Y quizá por eso hoy más que nunca vale la pena recordar.
Recordar quiénes estuvieron.
Recordar quiénes caminaron.
Recordar quiénes resistieron.
Recordar quiénes creyeron cuando todavía no había nada que ganar.
La memoria política no debe utilizarse para alimentar odios ni para cerrar las puertas a quienes legítimamente quieran participar.
Debe servir para algo mucho más importante: para impedir que el poder borre la historia.
Morena todavía puede escuchar a su base.
Todavía puede abrir el debate.
Todavía puede corregir decisiones.
Pero para que eso ocurra, la militancia tiene que hablar.
Con respeto, pero con firmeza.
Con argumentos, pero sin miedo.
Porque la militancia no solamente tiene la obligación de acompañar decisiones.
También tiene el derecho de cuestionarlas.
Y si algo debería recordar cualquier movimiento que nació desde abajo es precisamente esto:
El poder puede cambiar de manos. Los cargos pueden cambiar de personas. Las dirigencias pueden cambiar. Pero la memoria de quienes construyeron el movimiento no debería cambiar con cada elección.
La memoria de los militantes y simpatizantes debe impedir el olvido.
Y cuando éstos se organizan, también pueden hacerse escuchar.
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