CAJA DE RESONANCIA
¿Va MORENA por el control de las elecciones?
Lic. Moisés Torres Salmerón
Hay momentos en la vida política de un país en los que no basta con mirar cada decisión por separado. Hay que observar el conjunto. Y cuando se hace, algunas preguntas dejan de ser producto de la suspicacia y se convierten en asuntos legítimos de preocupación democrática.
¿Morena va por el control de las elecciones rumbo a 2027?
No afirmo que exista un plan secreto para manipular los comicios. Una acusación de esa naturaleza exigiría pruebas. Pero sí resulta obligado advertir que diversas decisiones recientes están modificando las condiciones bajo las cuales se desarrollarán las próximas elecciones y, por ello, deben ser sometidas al escrutinio ciudadano.
El Congreso federal aprobó la iniciativa que sanciona la nulidad de elecciones por injerencia extranjera. Nadie puede cuestionar la defensa de la soberanía nacional. El problema está en los alcances de la reforma
¿Qué se entenderá por injerencia?, ¿quién la acreditará?, ¿qué pruebas serán suficientes?, ¿cuándo esa intervención será considerada determinante para anular una elección?
Una norma jurídica concebida para proteger la democracia puede convertirse en un riesgo si deja espacios excesivos para la interpretación política.
Después aparece el INE.
El órgano electoral decidió eliminar el cruce de información que permitía verificar si quienes pretendían ser observadores electorales han sido o son servidores de la Nación. Ahora el mecanismo descansa fundamentalmente en la declaración del propio interesado bajo protesta de decir verdad, que no.
¿Es suficiente?
La observación electoral tiene sentido precisamente porque debe ofrecer confianza sobre la independencia de quienes participan en ella. No se trata de criminalizar a nadie por trabajar o haber trabajado para un gobierno, sino de evitar conflictos de interés y garantizar que quienes vigilan la elección gocen de la mayor independencia posible con el gobierno.
También está el asunto de las llamadas “boletas planchadas”. Los criterios para determinar su validez han generado controversia y han trasladado a los órganos electorales la valoración de las circunstancias concretas en que fueron emitidas.
En materia electoral, cada modificación cuenta.
Pero quizá la mayor contradicción se encuentra dentro del propio Morena.
Durante años, el movimiento construyó parte de su legitimidad sobre la idea de que las encuestas permiten conocer la voluntad ciudadana. Sin embargo, ahora resulta que ganar una encuesta no necesariamente garantiza una candidatura.
Entonces surge una pregunta que Morena debería responder con absoluta claridad:
¿Para qué preguntarle a la gente si al final la dirigencia puede decidir otra cosa?
La contradicción es evidente.
Los aspirantes a coordinadores estatales de la transformación realizan asambleas, recorren municipios, llenan plazas, movilizan simpatizantes, generan expectativas y buscan demostrar quién tiene mayor respaldo. Todo ello parece indicar que la ciudadanía y la militancia tendrán un papel determinante.
Pero si después de las encuestas la dirigencia puede decir que quien ganó no será necesariamente el candidato, entonces la pregunta es inevitable: ¿quién está decidiendo realmente?
Y esto no es un asunto menor.
Porque lo que está en juego no es solamente quién será candidato de Morena. Lo que está en juego es el concepto mismo de representación política.
Si un ciudadano expresa una preferencia y esa preferencia puede ser sustituida por una decisión cupular, la encuesta corre el riesgo de convertirse en un mecanismo de legitimación, no de selección.
Morena tiene derecho a establecer sus reglas internas. Nadie discute eso. Pero también tiene la obligación política de explicar por qué aquello que durante años presentó como expresión de la voluntad popular ahora puede ser corregido por la dirigencia.
¿Morena tiene miedo de perder las elecciones?
¿Por qué un partido que afirma contar con el respaldo mayoritario de los mexicanos necesita fortalecer tantos mecanismos de control alrededor de los procesos electorales y de la selección de sus propios candidatos?
Si Morena tiene la confianza que proclama, debería ser el primer interesado en contar con un árbitro electoral fuerte, observadores independientes, reglas transparentes, oposición competitiva y procedimientos internos donde la voluntad de los ciudadanos y militantes tenga consecuencias reales.
Porque ganar una elección no convierte automáticamente a un partido en democrático.
La democracia se demuestra también en la forma en que se compite, en la manera en que se cuentan los votos y, sobre todo, en la disposición de quienes gobiernan para aceptar que algún día pueden dejar de gobernar.
Ese es el verdadero examen de 2027.
Un partido verdaderamente seguro de su respaldo popular no debería tener miedo de que el ciudadano decida.
Al contrario.
Debería confiar plenamente en él.
Porque cuando quienes detentan el poder comienzan a preocuparse más por controlar las reglas que por convencer a los electores, algo fundamental empieza a cambiar.
No necesariamente desaparece la democracia.
Pero sí puede comenzar a vaciarse de contenido.
Y ese es precisamente el momento en que la sociedad debe comenzar a preguntar, exigir explicaciones y defender los contrapesos.
En una democracia, el poder no debe tener la última palabra. La última palabra debe tenerla el ciudadano.
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