EN OPINIÓN
Entre el diálogo y la omisión. El deber constitucional del Estado en Chilapa.
Lic. Moisés Torres Salmerón
La crisis de desplazamiento forzado que viven comunidades de Chilapa, coloca sobre la mesa una pregunta esencial para cualquier Estado democrático, ¿para qué existe el Estado si no puede garantizar la vida, la seguridad y el retorno de las personas a sus hogares?
Las declaraciones de la presidenta Claudia Sheinbaum, en el sentido de evitar enfrentamientos para proteger a la población civil, parten de un principio legítimo y humanitario. Nadie puede desear una confrontación armada que coloque a las familias en medio del fuego cruzado. La preservación de la vida debe ser siempre el eje rector de cualquier estrategia de seguridad. Sin embargo, el problema comienza cuando la prudencia institucional se transforma en parálisis del Estado.
Porque también hay una verdad incómoda que no puede ignorarse, cuando grupos criminales expulsan comunidades enteras, ocupan territorios, imponen control armado y generan miedo suficiente para impedir el regreso de las familias, el Estado ya perdió momentáneamente el monopolio legítimo de la fuerza en esa región.
Y eso tiene consecuencias gravísimas.
Un gobierno no puede limitarse a administrar el desplazamiento humano mediante albergues, diálogos o mesas de conciliación mientras los grupos armados conservan el control territorial. El diálogo puede ser un instrumento complementario de pacificación, pero jamás puede sustituir la obligación constitucional de restablecer el orden jurídico.
El artículo 21 de la Constitución establece con claridad que la seguridad pública es una función a cargo del Estado. No de las policías comunitarias. No de los grupos de autodefensa. No de organizaciones criminales. Del Estado. Y cuando ese deber no se ejerce con eficacia, las víctimas quedan atrapadas en una especie de exilio interno donde pierden no solo sus hogares, sino también la confianza en las instituciones.
La postura oficial parece sugerir que la ausencia de intervención directa evita mayores daños. Pero también debe preguntarse: ¿qué daño más profundo puede existir que abandonar a familias enteras a la incertidumbre permanente? ¿Cómo se garantiza que quienes hoy fueron desplazados no volverán a ser atacados mañana? ¿Qué condiciones reales existen para un retorno seguro?
Porque regresar no significa únicamente volver físicamente a una comunidad. Significa tener garantías efectivas de no repetición. Significa poder dormir sin miedo. Significa que los niños regresen a la escuela, que los campesinos vuelvan a sembrar y que las familias recuperen la certeza de que la ley tiene más fuerza que las armas ilegales.
El problema de fondo es que en muchas regiones de Guerrero la población percibe que el crimen organizado negocia, condiciona y delimita la actuación institucional. Y esa percepción erosiona severamente la legitimidad del Estado mexicano.
Resulta preocupante que, frente a un escenario de desplazamiento forzado y control territorial criminal, la respuesta central sea el diálogo. El diálogo es útil cuando existen condiciones mínimas de equilibrio y voluntad de paz. Pero cuando hay comunidades sometidas por el miedo y actores armados imponiendo condiciones, el diálogo sin capacidad coercitiva termina pareciendo una renuncia tácita al ejercicio de autoridad.
Ningún gobierno democrático puede normalizar que existan territorios donde el Estado entra únicamente con autorización fáctica de grupos criminales.
La verdadera protección de la población civil no consiste únicamente en evitar enfrentamientos, consiste en impedir que los ciudadanos tengan que huir de sus propias comunidades. Y eso solo puede lograrse mediante una estrategia integral que combine inteligencia, presencia institucional permanente, recuperación territorial, protección de derechos humanos y acciones firmes contra quienes ejercen violencia armada.
La paz no se construye únicamente evitando el uso de la fuerza. A veces también exige ejercer legítimamente la fuerza del Estado para proteger a quienes ya fueron abandonados por ella.
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