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octubre 19, 2026
Opinion

Morena: Del pleito político a la reconciliación social

Zona Cero

Morena: Del pleito político a la reconciliación social

Roberto Santos

 

 

 

La visita de Ariadna Montiel Reyes a Chilpancingo lejos estuvo de ser un encuentro de cortesía con la estructura de Morena.

 

Llegó en un momento en que las inconformidades por la designación de Beatriz Mojica Morga como coordinadora estatal amenazaban con prolongar una disputa ya resuelta.

 

Su presencia era necesaria para poner las cosas en claro: Beatriz es la coordinadora y no habrá nuevas encuestas para satisfacer a quienes no aceptan los resultados internos.

 

El problema es que algunos perdedores parecen dispuestos a jugar a dos bandas.

 

Por un lado, dicen aceptar las decisiones de Morena; por el otro, recurren a subterfugios para mantener asambleas y movilizaciones que, bajo el discurso de la participación, parecen más interesadas en conservar estructuras de acarreo que en construir una organización política genuina.

 

Otros ni siquiera disimulan: confrontan abiertamente la decisión y dirigen sus ataques contra Beatriz Mojica, como si desacreditarla pudiera modificar un resultado que no les favoreció.

 

Si bien es política, disentir es legítimo, no deja de ser cuestionable utilizar un discurso de aparente disciplina mientras se trabaja para desconocer, en los hechos, la decisión de su partido.

 

Porque si alguien acepta los procedimientos de Morena, debe demostrarlo con sus actos; si considera que hubo irregularidades, tiene las vías internas para plantearlas.

 

Lo que no puede pretender es reconocer las reglas únicamente cuando le convienen y desconocerlas cuando el resultado le resulta adverso.

 

Eso no es democracia interna, sino inconformidad administrada como estrategia de presión.

 

Pero hay un asunto más importante que las disputas por una coordinación: Beatriz Mojica tiene la oportunidad y la responsabilidad de pensar en la sociedad guerrerense en su conjunto, no solamente en los grupos de Morena ni en quienes respaldan su proyecto.

 

No está obligada a continuar por la ruta que otros han marcado, esa política de la desunión social que divide a la gente entre buenos y malos, traidores y patriotas, leales y enemigos.

 

Esa fórmula de confrontación se ha extendido en la vida pública nacional y sus efectos están a la vista: una sociedad cada vez más expuesta al encono, donde disentir parece suficiente para ganarse una descalificación y donde las diferencias políticas terminan convertidas en resentimientos personales.

 

De eso está cansada la sociedad. La gente puede votar por partidos distintos, tener ideas contrarias y defender posiciones que no coinciden con las de sus vecinos sin que por ello deba romper relaciones, enemistarse o cargar con el rencor que otros producen desde las tribunas políticas.

 

Los ciudadanos no tendrían que pagar el precio de las ambiciones de sus dirigentes. Las campañas terminan, los cargos cambian de manos y los políticos encuentran nuevas batallas, pero los agravios que sembraron pueden permanecer en las familias, los barrios y las comunidades.

 

Por eso, el llamado a la unidad debe tener una dimensión mayor.

No se trata solamente de que los morenistas cierren filas detrás de una coordinadora, sino de que aprendan a construir acuerdos sin convertir al discrepante en enemigo.

 

Beatriz Mojica puede marcar una diferencia si entiende que su responsabilidad política no termina en la organización de su partido.

 

Guerrero necesita una conducción que convoque a la sociedad, que escuche incluso a quienes no simpatizan con Morena y que no confunda la fortaleza política con la capacidad de imponer una narrativa de vencedores y vencidos.

 

Es momento de cambiar el chip. Lo que se vive a nivel nacional, donde la discusión pública suele plantearse como una batalla entre quienes se consideran buenos y quienes son señalados como malos, entre supuestos patriotas y presuntos traidores, no tiene por qué reproducirse en Guerrero.

 

Una transformación política también tendría que reflejarse en la manera de tratar al que piensa distinto. De poco sirve hablar de un proyecto para el pueblo si, en el camino, se deteriora la convivencia entre las personas que lo conforman.

 

La llegada a la coordinación estatal de su partido es resultado de una trayectoria que ahora deberá traducirse en capacidad para sumar, organizar y conducir un movimiento con diferencias internas.

 

Ariadna Montiel vino a poner un límite a la incertidumbre y a ratificar una decisión.

 

A Beatriz le corresponde algo más trascendente: demostrar que la unidad no será una consigna para exigir obediencia, sino una oportunidad para construir una relación distinta con la ciudadanía.

 

La unidad no significa callar las diferencias, tampoco mantenerlas artificialmente vivas para presionar al partido Morena.

 

Mucho menos convertirlas en combustible para enfrentar a la sociedad. Los electores tienen derecho a exigir que sus políticos dejen de sembrar divisiones y resentimientos para resolver sus propias disputas.

 

Beatriz Mojica puede limitarse a conducir a los suyos o asumir el reto de contribuir a reconciliar a una sociedad cansada de la confrontación.

 

Si la transformación pretende mejorar la vida pública, también debe transformar la manera de convivir.

 

Ningún proyecto político puede considerarse plenamente exitoso si gana posiciones mientras pierde la sociedad.

 

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