EN OPINIÓN
Unidad sin debate. ¿fortaleza o simulación?
Lic. Moisés Torres Salmerón
En política, la unidad suele presentarse como virtud suprema. Se invoca en momentos de tensión, se corea en las asambleas y se convierte en consigna cuando el conflicto amenaza con desbordarse.
Lo ocurrido recientemente en una asamblea de Morena en Acapulco deja entrever una tensión que no es nueva, pero sí cada vez más visible: la disputa interna entre grupos que, aun compartiendo siglas, compiten por espacios, influencia y control político. El episodio —marcado por intentos de presión, consignas encontradas y una reacción que apostó por la “unidad”— obliga a una reflexión más profunda sobre el estado del debate interno en el movimiento.
Cuando la unidad se logra a partir de acallar voces disidentes o de desactivar expresiones incómodas, el riesgo es evidente. La unidad deja de ser un punto de encuentro y se convierte en una herramienta de contención. En ese escenario, el disenso no se procesa, se inhibe; y el debate no se enriquece, se sustituye por la consigna.
Pero el fenómeno también revela otra cara. La reacción de la base militante que optó por restablecer el orden y permitir la continuidad del acto— sugiere que existe una conciencia colectiva sobre la necesidad de preservar el proyecto por encima de los intereses de grupo. Esa respuesta no es menor: indica que, al menos en ciertos espacios, la militancia distingue entre la legítima diferencia y la confrontación estéril.
Un movimiento político amplio, plural y en constante expansión, como lo es Morena, está inevitablemente expuesto a tensiones internas. La diversidad de trayectorias, visiones y liderazgos que lo integran no es una debilidad en sí misma; por el contrario, puede ser una de sus mayores fortalezas. El problema surge cuando no existen cauces institucionales eficaces para procesar esas diferencias.
Sin reglas claras, sin espacios reales de deliberación y sin una cultura política que privilegie el argumento sobre la presión, el conflicto tiende a desplazarse hacia formas menos constructivas: el abucheo, la descalificación o el intento de imponer presencia mediante la movilización.
Ahí es donde el canibalismo interno se convierte en una dinámica preocupante.
La política, en su sentido más elemental, es el arte de procesar diferencias. Un partido que aspira a consolidarse no puede renunciar al debate de ideas sin comprometer su propia identidad. Porque cuando las ideas dejan de ser su eje rector, lo que queda es la competencia entre facciones. Y cuando eso ocurre, el proyecto colectivo corre el riesgo de diluirse en disputas de corto plazo.
La unidad, entonces, no debería entenderse como la ausencia de conflicto, sino como la capacidad de encauzarlo.
Una unidad auténtica no teme al debate; lo necesita. No se sostiene en el silencio, sino en la deliberación. No se impone, se construye.
En ese sentido, lo ocurrido en Acapulco no es un hecho aislado, sino un síntoma. Un recordatorio de que los movimientos políticos, para mantenerse vigentes, deben cuidar no solo su cohesión, sino también la calidad de su vida interna.
Porque, al final, la verdadera fortaleza de un proyecto no radica en cuántas voces logra callar, sino en cuántas es capaz de escuchar.
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