noviembre 7, 2026
Opinion

Morena en Acapulco. quien no respeta las reglas de su partido, ¿con qué autoridad moral pretende gobernar?

CAJA DE RESONANCIA

Morena en Acapulco. quien no respeta las reglas de su partido, ¿con qué autoridad moral pretende gobernar?

Lic. Moisés Torres Salmerón

 

 

En política, la congruencia no se demuestra con discursos, sino con hechos. Y pocas cosas exhiben tanto la calidad ética de un aspirante a un cargo público como su disposición —o su negativa— a respetar las reglas que rigen su propia organización política.

Lo que ocurre en Acapulco, Guerrero, con algunos aspirantes de Morena que han recurrido a espectaculares, lonas y pintas para promover anticipadamente su imagen, pese a las restricciones establecidas por la dirigencia nacional para el proceso interno, representa mucho más que una controversia sobre propaganda política. Es una prueba de congruencia para el partido y, sobre todo, para quienes pretenden obtener su postulación.

La pregunta es inevitable: si hoy no son capaces de respetar las reglas de su propio partido, ¿qué garantías ofrecen de que mañana respetarán la ley y las instituciones desde un cargo público?

No se trata de una exigencia menor ni de una disputa entre corrientes políticas. Se trata de entender que las reglas deben tener el mismo valor para todos, independientemente del apellido, del grupo político al que pertenezcan, de sus relaciones con la dirigencia o de su capacidad económica.

Cuando un partido establece lineamientos para ordenar sus procesos internos, garantizar condiciones de equidad y evitar ventajas indebidas, está asumiendo un compromiso con sus militantes y con la sociedad. Pero esos lineamientos pierden toda credibilidad cuando algunos aspirantes los interpretan como simples recomendaciones que pueden ignorarse si cuentan con recursos suficientes para llenar la ciudad de propaganda.

Más preocupante todavía es que, en algunos casos, la promoción de aspiraciones personales haya llegado al extremo de colocarse por encima de fichas de búsqueda de personas desaparecidas. Si se confirma esta circunstancia, no estamos solamente ante una muestra de insensibilidad política: estamos frente a una preocupante pérdida de sentido de las prioridades sociales. Mientras las familias buscan a sus seres queridos y reclaman atención, algunos parecen más interesados en posicionar su nombre y su imagen.

¿De qué transformación hablan quienes no son capaces de anteponer el interés colectivo a su ambición personal?

La dirigencia de Morena no puede permanecer como simple espectadora. Tampoco puede resolver este asunto con comunicados, exhortos o llamados a retirar la propaganda. Si existen elementos que acreditan el incumplimiento de sus disposiciones internas, corresponde investigar, garantizar el derecho de audiencia de los señalados y aplicar las sanciones previstas en su normativa.

Y aquí debe quedar claro algo: no se está pidiendo una persecución política ni una sanción arbitraria. Se está exigiendo que las reglas se apliquen con imparcialidad. Si los lineamientos contemplan consecuencias por incumplimiento, estas deben hacerse efectivas, sin privilegios ni excepciones.

Entre las medidas que deben valorarse está la cancelación de la participación de quienes, mediante conductas acreditadas y conforme al procedimiento correspondiente, hayan vulnerado gravemente las reglas del proceso interno. Porque retirar unos espectaculares puede corregir una infracción material, pero no necesariamente restablece la equidad que se perdió con la promoción anticipada.

Dejar pasar estas conductas tendría un costo político considerable: enviaría el mensaje de que en Morena las reglas son obligatorias para los militantes comunes, pero negociables para quienes tienen dinero, padrinos políticos o capacidad para construir estructuras de promoción personal.

Y ese sería un mensaje devastador para quienes sí han decidido sujetarse a las disposiciones partidistas.

Morena tiene ante sí una disyuntiva que no puede evadir: demostrar que es una organización política con principios, reglas y mecanismos de responsabilidad, o confirmar que su discurso de transformación termina donde comienzan los intereses de sus aspirantes.

La ciudadanía no necesita más políticos que prometan honestidad mientras practican la simulación. Necesita representantes que entiendan que la legalidad no es una herramienta que se invoca únicamente cuando conviene, sino una obligación que comienza por la propia conducta.

Quien aspira a gobernar debe empezar por saber gobernar sus propias ambiciones.**

Porque la verdadera prueba de congruencia no consiste en proclamar que se es diferente, sino en demostrarlo cuando cumplir las reglas significa renunciar a una ventaja personal.

Y si Morena no es capaz de poner orden en su propia casa, ¿con qué autoridad política y moral puede pedirle a la sociedad que confíe en que sabrá poner orden en el gobierno?

Las reglas no se hicieron para decorar los discursos de la dirigencia ni para convertirse en obstáculos que los aspirantes poderosos puedan esquivar. Se hicieron para cumplirse. Y quien no esté dispuesto a respetarlas no debería recibir el premio de una candidatura.

 

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